Mi novela “La posada del pozo” está de oferta este mes

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Frente al confinamiento, lecturas en voz alta

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LA POSADA DEL POZO
AUTORA: RAQUEL VICTORIA

Aquí tienes disponible mi novela LA POSADA DEL POZO, en papel y digital

Mi página de autora

SINOPSIS

En la España de los años veinte, en un pueblo limítrofe de Teruel, Nieves regenta, junto a su padre, una legendaria y reputada posada familiar. Su fuerte carácter y su avanzada mentalidad le llevarán a concienciarse con las miserias y penurias padecidas por la gente humilde de su entorno. Más tarde, con su marido Bernardo, sus amigas y otros paisanos, se involucrará en la lucha de clases por la igualdad y la justicia social, alentada por un pueblo que vive del campo y las minas. La repentina llegada de la Guerra Civil truncará los propósitos de todos ellos, pero hará fluir sus sentimientos más profundos y honestos, que florecerán en medio de un universo lleno de angustia y desolación, volviéndose cada vez más aterrador con el paso de los días. Una conmovedora novela en la que los protagonistas se verán inmersos en los tiempos de transformación y cambio que engloba al país en aquellos agitados instantes, en primer lugar; teniendo que asistir, después, con gran pavor, al desmoronamiento de todo su mundo y al desgarrador desconsuelo que le acompañará. Un fresco marco narrativo donde el trágico acontecer de nuestro pasado reciente se combina entre las alas de la libertad recién conquistada, los lazos enredados del amor puro y apasionado, el firme coraje femenino y los sucesos atroces de un turbulento periodo histórico, conformando una amalgama de situaciones que sacan la parte más humana de las personas ante los horrores de la guerra y la desesperanza. Además de retratar, con nítidas y sutiles pinceladas, la triste y terrible realidad vivida, en el siglo pasado, por nuestros antepasados más cercanos. Una composición coral tejida en bella prosa poética, que muestra claros valores de superación y voluntad ante la adversidad; y que rezuma, asimismo, honda sensibilidad, en un lenguaje intimista que sobrecoge y, a la vez, despierta emoción.

BIOGRAFÍA DE LA AUTORA Foto para páginas de autora

Raquel Victoria (Zaragoza, 1978) comenzó su andadura literaria a través de los relatos que su abuela le contaba, lo que le inspiró la creación y posterior publicación de su novela “Las raíces de la encina” (Certeza, 2013). En esta primera obra, la autora da voz y dota de sensibilidad a las mujeres que le precedieron, las mujeres de su familia; haciendo especial hincapié en la lucha y superación que les llevará a afrontar, resignadas pero con su fuerza femenina, tanto las dificultades de un caótico siglo XX español esculpido por los sinsabores del hambre, como la vía opresiva de una sociedad patriarcal que las conducía al silencio. Desde entonces, la escritora aragonesa ha intervenido como ponente en diversos actos culturales y literarios, en algunos de los cuales ha tratado temas de concienciación sobre la desigualdad de género, comprometida con el empoderamiento y visibilidad real de las mujeres; ha participado como jurado en certámenes literarios locales, de reconocida y larga trayectoria en su ciudad; así como escribe también artículos de toda índole (aunque mayormente especializados en temática femenina y/o histórica), reseñas literarias (bajo su particular punto de vista crítico) y género lírico (donde explora las bellas vertientes del íntimo ejercicio de la poesía); facetas que desarrolla ampliamente y publica, con asiduidad, en las redes sociales y en distintos medios virtuales.  

Actualmente, su pluma continúa escribiendo historias protagonizadas por mujeres. En su próxima novela, que ya está encauzando, los personajes femeninos volverán a llevar las riendas de la trama, siempre bregando contra viento y marea en ese pasado contemporáneo nuestro. Habiendo dejado atrás su labor como Técnico Sanitario Especialista en Laboratorio, la escritora se dedica a aquello que más le apasiona: crear sus obras impregnando su singular mirada; aquella que enfoca hacia la perspectiva de género y los trágicos acontecimientos de otro tiempo, y lo hace ahondando en la complejidad intrínseca de los sentimientos.

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LA POSADA DEL POZO

AUTORA: RAQUEL VICTORIA

Capítulo 1 (Primera parte)

©, 2018, Raquel Victoria Morea

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

LA POSADA DEL POZO

AUTORA: RAQUEL VICTORIA

Capítulo 2 (Primera parte)

©, 2018, Raquel Victoria Morea

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

LA POSADA DEL POZO

AUTORA: RAQUEL VICTORIA

Primer fragmento del capítulo 3 (Primera parte)

©, 2018, Raquel Victoria Morea

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

LA POSADA DEL POZO

AUTORA: RAQUEL VICTORIA

Segundo fragmento del capítulo 3 (Primera parte)

©, 2018, Raquel Victoria Morea

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

LA POSADA DEL POZO

AUTORA: RAQUEL VICTORIA

Primer fragmento del capítulo 4 (Primera parte)

©, 2018, Raquel Victoria Morea

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

LA POSADA DEL POZO

AUTORA: RAQUEL VICTORIA

Segundo fragmento del capítulo 4 (Primera parte)

©, 2018, Raquel Victoria Morea

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

LA POSADA DEL POZO

AUTORA: RAQUEL VICTORIA

Fragmento del capítulo 5 (Primera parte)

©, 2018, Raquel Victoria Morea

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

MI TRAYECTORIA LITERARIA

El pasado enero, se cumplió una década desde que mi pluma comenzara a deslizarse por el papel, tiñéndolo de palabras; una década de tinta derramada en reseñas literarias, artículos, poesías, relatos y, sobre todo y principalmente, esculpiendo novelas.

Mis novelas son el alma de mi escritura:

 -“Las raíces de la encina” (Certeza, 2013)

-“La posada del pozo” (2018)

 

La excelente crítica y acogida que ha obtenido mi novela LA POSADA DEL POZO

Este vídeo muestra su gran aceptación, tras su primer año de andadura; hasta ahora, se  han ido sumando muchas más.

 

Booktrailer de mi novela LA POSADA DEL POZO

Relato: El tronco emplumado del que nací. Por Raquel Victoria

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EL TRONCO EMPLUMADO DEL QUE NACÍ

Siempre han sido la sólida estructura familiar, siempre; han forjado los cimientos para consolidar a las nuevas generaciones, siempre; lo han dado todo para encauzar en los trayectos del mundo a los miembros recién alumbrados, siempre; han enseñado las claves del vivir con su longeva sabiduría, siempre; han amado de forma incondicional a aquellas personas que comenzaban a explorar los designios de la existencia, enclavándose en los nudos de su tronco genealógico, y lo han hecho siempre. Y es que siempre han sido las y los abuelos quienes han transmitido los sabores inciertos de la vida a las siguientes generaciones, arropándoles con su manto de cariño, experiencia y conocimiento.

Fui una privilegiada oyente de las historias de mis abuelos, contadas por sus bocas o por otras que, en su legado oral, me transmitían fascinantes narraciones cubiertas de curiosidad y envueltas por la costra de un descubrimiento velado, que yo ansiaba rasgar. Desde niña me gustó mirar a través de los ojos de nuestros mayores, para atisbar un brillo oculto que desenterrara nuestro pasado, el suyo y el mío; para explorar más allá de la realidad conocida y, más aún, acontecida; para entender a esa gente de antaño, que parecía diferenciarse tanto de las niñas y niños que, como yo, habíamos nacido en aras de una nueva libertad y jugábamos ausentes de todo, sabiendo que, obviamente, no faltaría una porción de chocolate, un bollycao o un bocata de salchichón en nuestra merienda asegurada. Entonces, todavía no podía comprender por qué el pasado vivido por mis ancestros retornaría retumbante en mis oídos, repercutiría intensamente en las vibraciones de mi corazón y espolearía mis pensamientos de tal manera, que su incrustado dolor, ramificado en la sangre que corre célere por mis venas, sería también el mío. Su enquistado sufrimiento traspasaría todos mis tejidos, como el viento del invierno surge voraz e implacable entre los puentes que planean sobre el Ebro. Pero toda esa vorágine de circunstancias que me hicieron ahondar en el pasado, en mi tronco familiar, así como en el árbol cubierto por las hojas ambulantes de toda la humanidad contenida en los legajos de la historia, no llagarían mi sentir hasta mucho tiempo después; trayéndome a mis entrañas una emoción también plena de ellas y ellos, de todos mis abuelos y de su incógnita identidad; una identidad que preservo y que me enaltece compartir, porque son el resplandeciente ovillo del que yo surgí, aunque me llevara décadas de mi vida asomarme a él e irlo desmadejando poco a poco.

Pues bien, mucho antes de indagar en ese ignoto pasado que continúo mostrando a la luz de este mundo que aún quiere ampararnos, muy a pesar de lo vivido y de todo lo que, por desgracia, sigue rodeándonos sin contemplaciones; muy a pesar de esa individualidad que, aun en tiempos de pandemia, sigue acorralándonos en la granja de la inerte e insensible superficialidad, mucho antes de eso mis cristales convergentes aumentaban mi mirada únicamente hacia el presente que tenía en derredor; aunque hoy sepa, a ciencia cierta, que el pasado es el motor reverberante de las huellas que dejaremos en el futuro, como si fueran icnitas congeladas en la roca que no se desintegrarán jamás.

Naturalmente, de pequeña, no podía llegar a tales reflexiones, pero tampoco me bastaba con los juegos infantiles o mi aislamiento en la lectura. Puede que ahora lo contemple como una ironía del destino, pero disfrutaba abriendo los baúles de vidas pasadas que contenían muchos objetos antiguos (algo que pasaba desapercibido para los demás niños); transité los días de mi niñez tocando la rugosa textura de antiguos misales —entonces eran preciados tesoros para mí, ya que guardaba uno en el cajón de mi mesilla que era de mi padre, y creo que me lo dio porque a él le traía malos recuerdos de su paso por el colegio; claro, hoy sí lo comprendo, entonces no—, palpando las siluetas difuminadas en ajados cuadernos de dibujo y rozando con mis suaves dedos el tacto aterciopelado de un joyero que había pertenecido a  una de mis abuelas. Tuve la fortuna de tener más de dos; aunque no todas lo fueran por línea sucesiva, aunque no a todas las llegara a conocer en persona, sin embargo, todas subyacen entre los pliegues de mi indómito corazón, pero he de decir que una de mis abuelas en particular, quizá por haberla tenido junto a mí, unida a mí, sin despegarse de mi lado hasta mis treinta y cinco años, reluce más todavía y ocupa un amplio espacio de mi alma diáfana —quien me conoce sabe que me refiero a mi abuela materna, y que, aun así, todas mis abuelas, e incluyo a una tía abuela que quise como a una abuela, tienen su espacio perpetuo en los confines de mí misma, de mis adentros—; no obstante, he podido conocer a mi abuela paterna a partir de los relatos que, con las virutas derrochadas a través del tiempo recorrido, me han conducido hasta ella, aunque también me acuerde mucho de mi otra abuela del pueblo, con la que conviví durante varios veranos de palabras compartidas y sinceras, de afecto; esta otra abuela fue una mujer de innata fortaleza que tuvo que bregar con una vida que, en principio, no era la que hubiera esperado siendo joven y, aun con todo, supo saltar grandes obstáculos. Y llevo en mi interior, al igual que un pólipo y una medusa forman parte de un mismo ser, a mi abuela paterna biológica, siempre conmigo.

A veces pienso que las reminiscencias de un pasado que han vivido otros antes de que tú fueras alumbrada en este mundo, que se dice globalmente libre en su hemisferio norte y no es sino una patraña de patriarcado, desigualdades e injusticias por doquier; como decía: los recuerdos almacenados en el hueco de un tronco generacional, brotan como un tallo regado de saber entre quienes son capaces de desentrañar sus signos jeroglíficos y mirar la realidad inscrita en sus pieles ya marchitas. Cierto es que me place sobremanera perderme entre el olor de un lapso que para la mayoría queda lejano, y que a mí me embriaga cada día con mayor pasión por hallar su raíz. No importa que esas historias, en ocasiones, aparentemente inconexas, muchos se las llevaran a la tierra de la nada, que esos arcones resguarden tesoros de lo que significó para ellos poblar este mundo inmisericorde o que sus voces sean hoy ecos de hace décadas atrás, no importa; no importa porque los recuerdos, sean nuestros o se hayan ido formando ajenos a nuestro palpitar, vagan en el polvo dispersado por la noche más oscura, se entretienen entre las aristas de un incalculable periplo, y resurgen a través de las mieles del alba, las cuales reflectan su legado oral a quienes escuchan con el corazón y arden con su latir. Los recuerdos son ínfimas porciones de lo que somos que, uniéndolos, el mapa moteado de nuestra vida cobra sentido junto a aquello que retenemos en la memoria: aquello que no experimentamos pero nos contaron; aquello que fue de otros pero que hicimos nuestro; aquello que intuimos en la mirada de otros, en sus fotos observadas, en sus prendas exhibidas, en sus enseres reutilizados, en sus contados quehaceres; aquello que sus ojos inmortalizados en la cámara nos reflejan; porque somos la esencia depositada en su tronco emplumado de la vida.

Mi tronco emplumado proviene de mis antepasados, de los momentos que viví pletóricos junto a mi mejor maestra, mi abuela materna; ella fue mi fuente del saber, de ella bebí el alba de mi escritura: “Las raíces de la encina” (Certeza, 2013), y ella ocupó mi tronco del amor, que hoy sigue anhelándola. Pero las plumas que hicieron libre al tronco heredado de mis queridos ancestros continuaron su bagaje con “La posada del pozo” (2018), allí la cruda vida, y dura en extremo, que le tocó pasar a mi abuelo paterno, quedó retratada en otra época, a través de unas minas —él se dedicó a la minería, al igual que muchos de sus hermanos y de la gente que residía en el pueblo y otras zonas circundantes— que volvía a rememorarnos en su coloquio habitual, muchas veces al resguardo de las velas nocturnas durante la tórrida estación estival; era como una letanía repetida que me embaucaba, la misma que, muchos años más tarde, quise recoger y trasladar a un momento histórico anterior.

El gran regalo de mi añorada abuela, mi inspiradora, fue darme la llave del tronco emplumado; así es como sentí las plumas de la libertad de expresión habitar en mí, y así es como conocí no solo la vaga mirada de una foto roída por el tiempo y el pesar que le aplastaba, no, también conocí a mis bisabuelos paternos: ellos son los abuelos de doble generación que anidaron en mí, ofreciéndome su mirada como en un espejo.

POR RAQUEL VICTORIA

A mis abuelas y abuelos, los que supieron colonizar mi corazón y continúan conquistándolo hoy.

Aquí  puedes consultar mi biografía.

Aquí puedes adquirir mi novela LA POSADA DEL POZO.

 

Ver “Mi trayectoria literaria, contada para “Érase una vez: Arte”” en YouTube

Hablo de mi obra literaria para la página de Facebook “Érase una vez: Arte”, dedicada a difundir diversas vertientes artísticas a través de la voz de sus creadores, y en la que me invitaron a participar para que expresara mi experiencia como escritora.

Mi biografía

Mis novelas:
-“Las raíces de la encina” (Certeza, 2013)
-“La posada del pozo” (2018)

Podéis consultar la sinopsis, así como adquirir mi novela histórica LA POSADA DEL POZO 👈 aquí (papel y digital; gratis en KindleUnlimited).

Poesía: Cielos paseantes. Raquel Victoria

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CIELOS PASEANTES

Nubes ambulantes surcando el vasto infinito,

latiendo acompasadas entre las comisuras abiertas del cielo,

bifurcando su ovillo de vellón hacia el eterno paisaje peregrino;

nubes que me invaden de extasiado regocijo.

Ríos itinerantes que remontan su borde ribereño,

marchando errantes entre los sinuosos meandros que marcan su curso,

erosionando taludes en su paso horadado;

ríos estimulantes que inflaman mi ser de armonioso reposo.

Bosques nutridos de salvaje cromatismo,

poseídos de invisibles espíritus que actúan bajo el velo ondeante del sigilo,

enmascarados por voces aulladoras que componen con ávido anhelo;

bosques ancestrales que inundan mi memoria de perlado sentimiento.

Son las nubes volanderas,

los ríos desbordando sus barreras

y los bosques encubriendo la sombra de sus joyas;

son todos en conjunto quienes me insuflan el sosiego,

inhalan paz en los poros de mi vista

y mueven el fuelle de mi corazón;

porque recorrer senderos es andar pletórica la travesía de la vida

e inscribirla en la tinta parpadeante de mi pluma.

 RAQUEL VICTORIA

*Soy una apasionada escritora; autora de dos novelas: “Las raíces de la encina” y “La posada del pozo”.

Mi novela LA POSADA DEL POZO (papel y digital; gratis en KindleUnlimited)

Mi biografía

*Aunque mi desempeño y labor primordial como escritora es, fundamentalmente, la de novelista; además, esculpo otros géneros literarios como son: la poesía; la crítica literaria, que realizo a través de mis reseñas; el ensayo, que desarrollo por medio de mis artículos de temática femenina y/o histórica, o relacionados con el medio ambiente y/o con la naturaleza…; y el relato breve.

 

Reseña literaria de Raquel Victoria: “Miel y almendras” de Maha Akhtar

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“MIEL Y ALMENDRAS” DE MAHA AKHTAR

Desde el Líbano actual, atravesando un cruento pasado de más de una década de guerra civil e innumerables conflictos, asistiremos a la vida cotidiana de las mujeres protagonistas, que nos relatarán su historia, sus quebrantos y su horizonte soñado. Con distintas convicciones religiosas y con extracciones sociales diferentes entre ellas, nos adentrarán en los entresijos de su sociedad y costumbres, así como iremos vislumbrando su acervo cultural, transmitido de generación en generación entre las luces que irradian Oriente. De una parte, Mouna y Amal, dueña y empleada, respectivamente, del salón de belleza Cleopatra, nos enseñarán la parte más humilde del país oriental enclavado entre montañas; de otra, serán Imaan, Nina, Nadine y Lailah quienes nos destapen las cortinas del exacerbado lujo que ostenta la sociedad beirutí, y a través de toda esa flor y nata que les designa, las intuiremos a ellas o el reflejo de la apariencia que quieren mostrar y que, repetidas veces, se les rompe y desmorona en soledad. Todas juntas nos van a ir destapando esos velos que las oprimen; esas nocivas restricciones donde no pueden ser ellas mismas, donde solo su presencia está justificada detrás de la sombra de los hombres y donde lo único que importa es cazar un marido que las mantenga y agasaje, nada más que eso. No obstante, tanto unas como otras lucharán por cambiar esos rumbos estipulados y por hallar un lugar para ser quienes quieran ser, sin que las frívolas influencias les nublen el entendimiento y acaben anulándolas. No todas están dispuestas a ser maniquís de un escaparate ajeno, aunque les lleve tiempo entreverlo.

“Miel y almendras” es una novela que se lee con fluidez y que nos retrata, como si fuera pincelando cada capa de un dibujo, los pesares y anhelos de las mujeres libanesas en un mundo Oriental, crisol de religión y diversidad cultural, pero absolutamente patriarcal y jerárquico en torno a las acciones de las mujeres, cuyo rol pasivo es asignado y manifiesto. El matrimonio acordado entre rangos familiares —con la susodicha dote— de la misma posición, o viéndose abocados a rezar el mismo credo común son rasgos muy arraigados en este país moderno. Acérrimas condiciones en las que la mujer se presenta únicamente como objeto de canje y teniendo que sobresalir, además, por su obligada sumisión. La autora nos hace bucear por todo este universo reservado a los varones y, sin embargo, sonsaca la libertad de las protagonistas en este lugar hostil, en su mayoría, para las mujeres que deben bregar en estos lares dominados por los hombres; aún en voz baja para ellas. La novela en sí es toda una representación de mujeres libanesas que se empoderan y emprenden su propio camino, a veces pedregoso pero también lúcido; enmarca, en los recuerdos del pasado de las protagonistas, una etapa atroz y sangrienta que desoló a las gentes del Líbano, llevándonos a entender y profundizar en los sucesivos episodios bélicos de Oriente Próximo, al mismo tiempo que nos lleva a reflexionar sobre las causas que los desembocaron: sociales, religiosas o sean de la índole que sean, pero ligadas e inherentes al resto del mundo; interpreta, como si viéramos una fotografía rellena de color, los escalafones sociales más distinguidos y exclusivos de Beirut, mostrándonos sus luces y sombras envueltas en la codicia diplomática, como si las personas más necesitadas: las que viven al día en una ciudad desolada por las guerras precedentes, o las que tienen que habitar en los campos de refugiados, no existieran en sus elevados peldaños. Es una lectura ligera y amena que te retrotrae a la historia del Líbano, descubriéndote la vida de las mujeres libanesas; sin embargo, la autora, a través de un vocabulario sencillo, no logra ahondar en los personajes, que me han parecido bastante superfluos y vacíos, como leyéndolos desde un plano lejano. Y, más aún, cuando las protagonistas tienen que afrontar situaciones muy complicadas y dramáticas, las cuales he tenido la impresión de atravesarlas de manera un poco forzada y, quizá, con un tono demasiado superficial en el que enseguida se cambiaba de escena entrelazando con lo siguiente, sin más; creo que tendría que producirse mayor conmoción en estos aspectos en los que, a mi juicio, claramente estaba ausente. También, en mi opinión, la urdimbre de las historias de amor que van surgiendo están encarnadas de manera idealizada, poco creíble en según qué personajes. Es una obra interesante para poder conocer la cultura oriental, la sociedad beirutí, sobre todo, la de clase alta, y que te sitúa en la actualidad histórica del Líbano; para entretenerte sin más pretensiones ni expectativas.

*RESEÑA DE RAQUEL VICTORIA

*Soy una apasionada escritora; autora de dos novelas: “Las raíces de la encina” y “La posada del pozo”.

*Aunque mi desempeño y labor primordial como escritora es, fundamentalmente, la de novelista; además, esculpo otros géneros literarios como son: la poesía; la crítica literaria, que realizo a través de mis reseñas; el ensayo, que desarrollo por medio de mis artículos de temática femenina y/o histórica, o relacionados con el medio ambiente y/o con la naturaleza…; y el relato breve.

Mi biografía

Mi novela LA POSADA DEL POZO (papel y digital; gratis en KindleUnlimited)

Artículo: Sin etiquetas que nos marquen. Por Raquel Victoria

SIN ETIQUETAS QUE NOS MARQUEN

Los disturbios acaecidos en el bar Stonewall de la gran urbe neoyorquina un día como hoy, mismamente, pero allá por 1969, iban a dar la voz de salida al movimiento de liberación homosexual; una voz que se alzaba entonces para luchar contra la injusta e intolerable persecución a la que les sometían entonces y que, a pesar del tiempo transcurrido, todavía sigue siendo absolutamente necesario seguir bregando ahora por cuestiones similares en otros lugares del mundo, y por otras aún sin resolver en países de “mentalidad más abierta” (aunque esto sería algo relativo, para disertar en otro tema al que hoy nos acontece). Hoy es una lucha contra la discriminación que sufre el colectivo LGTBIQ (lesbiana, gay, transexual o transgénero, bisexual, intersexual, queer); una lucha para poder alcanzar los derechos de igualdad y dignidad en el cómputo de esta sociedad globalizada y arbitraria que señala a quien no entra en su propia realidad.
El género es una construcción social y cultural que nos etiqueta a su conveniencia, por supuesto, sin tener en cuenta nuestra forma de mirar lo que nos rodea y nuestros sentimientos, ya que son normas inherentes a la sociedad patriarcal, la cual oprime con su yugo solo por el hecho de seguir implantando su desproporcionado poder. Es una sociedad intolerante en la que salirse un ápice de sus márgenes establecidos, te deja en total desprotección; porque no pueden comprender que existen realidades e identidades diferentes, con las que lograrían empatizar si atisbaran en derredor a lo que sus excluyentes ojos pueden ver. Y es que estamos clasificados en esa absurda e incoherente ley patriarcal que quiere situarnos en una heteronormalidad totalmente inventada e inexistente; porque somos personas diversas, con emociones, pensamientos y orientaciones sexuales diversas; porque desarrollamos identidades plurales y distintas, viendo el mundo con un prisma multicolor propio de cada cual; porque las desigualdades siempre se centran en las personas que huimos de esa mirada general al mundo, precisamente porque nos gusta enriquecernos con lo diverso. ¿No hablamos de la belleza existente en la diversidad latente en cada recodo de la naturaleza? ¿No somos todas las personas esa fuente de naturaleza diversa también? Sí que lo somos y nos colma y conforta serlo, entonces, ¿qué es aquel inexplicable odio que impulsa a algunas personas a discriminar a alguien, a lo mejor, solo por el hecho del desconocimiento? No lo sé, ni siquiera mis circuitos de raciocinio mentales pueden hallar una respuesta a ello; sin embargo, lo que sí sé con reiterada certeza es que continuaremos luchando para que todas las personas encuentren su camino y su identidad, sea de la índole que sea, sin trabas ni piedras cortantes bajo sus tejidos, en pro de que, algún día, ya no haga ninguna falta reivindicar este día, porque los derechos del colectivo LGTBIQ se hayan escuchado. Seamos una sociedad inclusiva y tolerante; seamos personas, seamos diversas e iguales; pongámonos bajo otro sentir y otra piel, y veamos el sufrimiento que hacemos padecer, únicamente por no querer tan siquiera entrever otras realidades.

*SOY ESCRITORA, SOY FEMINISTA, SOY DIVERSA.

*POR RAQUEL VICTORIA

LA POSADA DEL POZO

MI BIOGRAFÍA

Reseña literaria de Raquel Victoria: “La balada del agua” de José Luis Sampedro

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“LA BALADA DEL AGUA” DE JOSÉ LUIS SAMPEDRO

Hallamos un brote de vida en cualquier lugar, tal vez donde menos esperamos que germinen las semillas aparece; tal vez se disemine en rincones que pensábamos hostiles y donde, sin embargo, crece sin apenas obstáculos; tal vez resurja de recónditas oquedades, en las que su arraigo nos parecía totalmente imperceptible e inconcebible. Hallamos el impulso de la Vida allá donde posemos la mirada, aunque padezcamos de ceguera congénita, sin saber admirar la belleza que nos rodea; aunque pongamos un velo a la exuberante Naturaleza, siempre está detrás recordándonos nuestra existencia en completa consonancia, para que los motores de la Vida continúen haciéndonos respirar y no se oxiden. Esa chispa incandescente de Vida en toda su magnitud es la que intentan hacer que no se apague, con determinante perseverancia, los cuatro elementos que mueven el planeta: Tierra, Agua, Aire y Fuego; elementos que encontramos en esta fábula personificados para enseñarnos el daño implacable y feroz que estamos causando a nuestro confortable hogar: La Tierra que nos cobija. Los cuatro se reúnen con sigilo, como inmersos en un conciliábulo secreto —del que las personas que habitamos el planeta no sabemos absolutamente nada— para debatir la importancia de los desastres ecológicos que el ser humano, en su egocentrismo, codicia y desmesuradas ansias de alcanzar la ambición y el poder, ha provocado sin paliativos a lo largo de la historia de la humanidad, pero, más aún, con mayor ahínco y desatando mayores niveles de destrucción de la Vida, en los últimos siglos y, sobre todo, en las décadas precedentes. Todos muestran su rechazo a la autodestructiva conducta que el ser humano está llevando a cabo contra el planeta, forjando desiertos yermos donde antes reverdecía la Vida y lanzándose a sí mismo al túnel inequívoco de la perdición y la inercia. Desde que la evolución del cerebro posicionó a los seres humanos como organismos complejos de Vida inteligente y capaces de razonar, estos seres supuestamente avanzados se dejaron en el camino precisamente esas rutas de progreso: el mapa conjunto con la Naturaleza, con la que habían convivido siempre guardando un equilibrio, y en armonía y concordancia. Escuchamos con atención la disertación que mantienen los elementos sobre el cambio climático y las medidas urgentes que hacen falta de inmediato, para poder revertir la delicada situación medioambiental que nos atañe a todos. Porque desean abrir los ojos a los humanos, para que puedan seguir pestañeando entre renovadas briznas de hierba, caudales sostenibles que no acaben secándose y lugares donde la Vida explosione como un geranio en medio de la nada, sobresaliendo de cualquier grieta existente y colonizando su nuevo hábitat.

“La balada del agua” nos enciende todas las alertas sobre la cantidad de perjuicios que estamos arrojando, sin límites, a nuestro entorno y a todos los afluentes de Vida desperdigados por el planeta, incluyéndonos en esta muerte prematura a nosotros mismos, los seres humanos. Desgraciadamente, cada día que pasa, este hecho tangible y que se palpa con solo mirar en derredor nuestro, se está consolidando en contra nuestra y de todos los organismos vivientes que moramos en La Tierra, como un barco que fuera zozobrando para, finalmente, zarpar a la deriva y estrellarse con las rocas si no ponemos remedio. Este cuento mitológico nos sensibiliza y conciencia de un fenómeno apabullante y atroz que nos concierne a todas las personas; a todas incluidas los dirigentes, que son los que mayores medidas tienen que aportar en este sentido y, sin embargo, algunos vuelven la vista hacia otro escaparate bien distinto: el que rige la influencia económica basada exclusivamente en sus propios beneficios, olvidándose así del tándem que ofrece la tecnología y la Naturaleza, la biodiversidad y el ecologismo en una misma línea de percepción, estudio y transición para llevar a cabo un verdadero desarrollo sostenible. José Luis Sampedro, con una prosa embellecida por la lírica y un claro mensaje contra la deforestación y la devastación producida en todos los ecosistemas, así como con el objetivo de mentalizarnos sobre la catástrofe que implica el cambio climático que hemos acelerado e incitándonos, tenaz y concienzudamente, hacia una auténtica preservación del medio ambiente; con todo ello como base de las probables y funestas consecuencias que vendrán, nos lleva continuamente a la reflexión, conjugándola con la historia escrita desde la noche de los tiempos y cómo esta se ha ido desarrollando, queriéndonos imponer por encima de las leyes naturales, solamente en aras de conquistar la cúspide más alta. Sin duda, es un relato para meditar profundamente a la vez que escuchamos el murmullo del Agua, inspiramos la frescura de la Tierra, notamos la brisa tambaleante del Aire o sentimos que nos traspasa el tórrido abrigo del Fuego.

*RESEÑA DE RAQUEL VICTORIA

*Soy una apasionada escritora; autora de dos novelas: “Las raíces de la encina” y “La posada del pozo”.

LA POSADA DEL POZO

*Aunque mi desempeño y labor primordial como escritora es, fundamentalmente, la de novelista; además, esculpo otros géneros literarios como son: la poesía; la crítica literaria, que realizo a través de mis reseñas; el ensayo, que desarrollo por medio de mis artículos de temática femenina y/o histórica, o relacionados con el medio ambiente y/o con la naturaleza…; y el relato breve.

BIOGRAFÍA

 

Entrevista que me ha realizado Paola Casas, en su blog “Vida de Papel”

Os dejo esta maravillosa ENTREVISTA que me ha realizado Paola Casas, en su blog “Vida de Papel”. Me encanta que mis respuestas hayan volado cruzando el Atlántico, hasta llegar a los lectorxs de tierras mexicanas. Es gratamente satisfactorio para mí, que me vayan descubriendo en otros países de habla hispana. Ni que decir tiene que me encantaría que leyerais mi entrevista, que respondí con mucho cariño a mis lectorxs mexicanos.

Reseña literaria de Raquel Victoria: “Misericordia” de Benito Pérez Galdós

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“MISERICORDIA” DE BENITO PÉREZ GALDÓS

La nítida estampa de la miseria más mezquina penetra en nuestra retina, vislumbrándonos, sin velo, el amargo horizonte que albergaban las capas más pobres de la sociedad, y transportándonos, así, a las últimas décadas de la centuria decimonónica. La más elemental subsistencia bullía, conduciendo sus vidas hacia la búsqueda ingeniosa de la escurridiza peseta, y desarrollando una gran astucia mendicante, porque, lamentable y desgraciadamente, les era imposible habitar entre los demás, ya que eran vilmente apartados para morar siempre en los márgenes; no existían oportunidades para los pobres de solemnidad, sentenciados a comer de limosna o de lástima puramente transitoria. Como mirando a través del ojo de un cerrojo que abre secretos, entrevemos todos los tejemanejes que tiene que llevar a cabo la protagonista, Benina —una mujer con sus años y vida ya a cuestas—, para que a su señora no le falte la más mínima atención, aunque la pobre Benina tenga que estar constantemente urdiendo engaños y haciéndose con los reales a través de la compasión mundana; mientras que, de otra parte, su señora, doña Francisca Juárez, solo sabe recitarle una letanía de lamentos y quejas, o, cuando le torna el carácter, adoptando su estado colérico, propinarle una retahíla de improperios y recriminaciones sin ningún sentido. Su señora, doña Paca, como ella la acostumbra a llamar de ordinario, es también una anciana que ha estado a su lado desde la juventud, cuando Benina siendo todavía moza entró a servir a su casa; una casa ahora venida a menos, a la que el antiguo esplendor le abandonó hace tiempo. Y es que doña Paca enviudó con dos hijos a su cargo, y aunque provenía de alcurnia rondeña, el patrimonio acumulado se fue cayendo por un agujero que cada vez se ensanchaba más, puesto que la administración no era algo que ella hubiera aprendido con eficacia. Sin embargo, la capacidad que tiene Benina para sacar a su señora de apuros en esos momentos de austeridad es encomiable, así como la manera en la que consigue llevarle el sustento todos días, aun teniendo que soportar las continuas reprimendas de doña Paca, o su melancólico desánimo en otras ocasiones. Veremos a Benina deambular por las calles para ayudar a la familia de la señora y a tantos otros que solicitan sus cuidados, y ella será guiada por los destellos deslumbrantes que abrigan su amplio corazón, a cada paso que da hacia adelante.

“Misericordia” es un fiel retrato de la repulsiva sociedad española que engloba esa época concreta: los últimos estertores que daba ya el siglo XIX. La aplastante diferenciación de estratos sociales era algo latente en aquel entonces; un hecho al que esta novela nos acerca sin ningún tipo de filtro, de tal modo, que parece dibujarnos su reflejo como plasmado en una instantánea que ha sabido traspasar la línea temporal de más de un siglo.

Este ejemplo interpreta claramente los escalafones sociales:

<<Llegaron, por fin, a un sitio más bajo que el paseo, suelo quebrado, lleno de escorias que parecen lavas de un volcán; detrás dejaron casas, cimentadas a mayor altura que las cabezas de ellos; delante tenían techos de viviendas pobres, a nivel más bajo que sus pies.>>

“Misericordia”, de Benito Pérez Galdós (página 110)

No obstante, el autor nos muestra su época tal y como él la vivió y conoció: con unos pocos portando tantas herencias, títulos y riquezas, por supuesto, desentendiéndose de los que, según ellos, se deslizaban por debajo; con la mayoría pasando hambre y muchos incluso llegando a lo más extremo para sobrevivir: unirse a las filas más humildes, las la de la indigencia.

Otro ejemplo:

<<Y no obstante, natural y justo parecía que en cualquier parte donde un duro no representaba más que un valor insignificante, se lo diesen a ella, para quien la tal suma era… como un átomo inmenso. Y si la ansiada moneda pasara de las manos que con otras muchas la poseían, a las suyas, no se notaría ninguna alteración sensible de la distribución de la riqueza, y todo seguiría lo mismo: los ricos, ricos; pobre ella, y pobres los demás de su condición. Pues siendo esto así, ¿por qué no venía a sus manos el duro? ¿Qué razón había para que veinte personas de las que pasaban no se privasen de un real, y para que estos veinte reales no pasaran por natural trasiego a sus manos? ¡Vaya con las cosas de este desarreglado mundo! La pobre Benina se contentaba con una gota de agua, y delante del estanque del Retiro no podía tenerla. Vamos a cuentas, cielo y tierra: ¿perdería algo el estanque del Retiro porque se sacara de él una gota de agua?>>

“Misericordia”, de Benito Pérez Galdós (página 21)

Nos enseña, a través de los pensamientos y cavilaciones de las protagonistas principales, la frágil vida a la que estaban destinados los menesterosos, y la indiferencia y aprensión de quienes sostenían sus fortunas —o las habían mantenido en años pasados— hacia esta desventurada población. Asimismo, me parece un calco extraordinario de aquel momento, el cual, Galdós nos relata y describe con sutileza y pulcritud, como agua cristalina en el caudal de su propio tiempo. Pero no solamente representa esa época de forma sublime, sino que también realza los sentimientos de la protagonista, ahondando en su perfil psicológico, y recoge todo aquel concepto que hace que una persona lo sea: su propia dignidad y la compasión hacia los otros. Benito Pérez Galdós escribió una obra que reluce por la crítica social que conlleva implícita, al igual que mueve conciencias y nos incita a reflexionar. El autor, con un lenguaje muy actual, irónico y analítico, y una elegante prosa que, en ciertas ocasiones, me ha resultado algo densa, sobre todo, en la larga cadena de descripciones que realiza a veces (como siempre, es una opinión subjetiva y personal que no tiene por qué coincidir con la de ningún otro lector/a), nos sumerge y retrotrae a un tiempo de exclusión social, donde la misericordia, la piedad y el asilo simbolizaban la caridad, no el cambio de mentalidad; pero donde, igualmente, observamos el fondo generoso, compasivo y de valores humanos que entraña el mensaje de esta novela que, verdaderamente, nos habla de solidaridad. Una obra, muy recomendable, que te atrapa en ese paisaje pincelado con el gris oscuro de la más pésima de las pobrezas; de esas personas carentes de todo a las que denominaron, despectivamente, como los miserables.

*RESEÑA DE RAQUEL VICTORIA

*Soy una apasionada escritora; autora de dos novelas: “Las raíces de la encina” y “La posada del pozo”.

*Aunque mi desempeño y labor primordial como escritora es, fundamentalmente, la de novelista; además, esculpo otros géneros literarios como son: la poesía; la crítica literaria, que realizo a través de mis reseñas; el ensayo, que desarrollo por medio de mis artículos de temática femenina y/o histórica, o relacionados con el medio ambiente y/o con la naturaleza…; y el relato breve.

LA POSADA DEL POZO

Mi biografía

 

Artículo: Mujeres deslumbrantes: Palomas de la paz en territorio hostil. Por Raquel Victoria

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*Fotos: Cartel Coordinadora Feminista de Zaragoza; WILPF

MUJERES DESLUMBRANTES: PALOMAS DE LA PAZ EN TERRITORIO HOSTIL

Desde los confines más remotos de la Historia de la Humanidad que nos engloba, los tratados de paz han sido descifrados y entrevistos tras ese velo netamente opaco, que encubría y lucían las mujeres. Quizá el cuidado y la perpetuación intrínseca de la prole, como medio reproductivo para preservar la especie desde tiempos inmemoriales, hayan constituido la razón más aparente para forjar vínculos de armonía sociales, zanjar conflictos incipientes —o ya desarrollados— y acordar alianzas donde la PAZ se escribe en letras mayúsculas. Todavía es un tema discordante que continúa en efervescente investigación. No obstante, lo que es un hecho claramente palpable es el que define a nuestras sociedades como jerárquicas; una cultura encorsetada y patriarcal que, a lo largo de centurias y milenios, ha asignado roles de género, construyendo las identidades de lo femenino y lo masculino a su libre disposición: generando los atributos de fuerza a los hombres, e inferiorizando a las mujeres, otorgándoles el papel de la absoluta sumisión y  el de abnegadas madres y esposas. Obviamente, tras esta desigualitaria definición social que se nos impuso a las mujeres desde tiempos inmemoriales, reduciéndolo, además, a todas las personas en ese blanco y negro, sin identidades diversas que introdujeran la riqueza del color; lógicamente, pues, la fortaleza atribuida a los hombres les generaba el codiciado puesto de guerrero, mientras que la ternura asimilada en las mujeres les inducía a la misión maternal de la crianza.

Ahora bien, ya los antiguos griegos adoraban las lindezas de una diosa de cuerpo y atributos femeninos a la que denominaban Eirene, la misma que auguraba regueros de paz entre el cauce de los ríos que formaban las fronteras entre sus ciudades y pueblos. Entonces, ¿contribuían las mujeres a fraguar estos regadíos de calma entre sus gentes? La respuesta parece ser afirmativa, ya que —no en pocas ocasiones— fueron las mujeres las que clamaron ¡basta ya! ante el constante y sangriento grito de guerra, que diezmaba a sus congéneres y, por tanto, les robaba a sus hijas e hijos del regazo con un solo tiro de flecha. Se podría corroborar como un dato clave en esta época, y durante todo el Mundo Antiguo, la dicotomía que suscitaban las identidades opuestas y, por supuesto, destacando por su evidente segregación y discriminación por sexo, así como su inherente desigualdad de género implícita en cualquier término que observemos: la figura omnipotente del guerrero armado, como héroe salvador de su pueblo; el papel de madre, vista como débil y desarmada, cuya función es la de procreación. Por ello, todos estos símbolos muestran que, quizá, en aquel momento, la arraigada protección maternal tuviera el peso suficiente para saber y poder parar aquellas maquinarias de guerra que se sucedían por doquier, y solo ensalzaban las guadañas de un lánguido sufrimiento que no habría ya de extinguirse en los rincones devastados por los conflictos. Sin embargo, también las mujeres cumplieron, encerradas tras las vendas de la historia, funciones auxiliares, sobre todo, en lo relacionado a los cuidados prodigados en medio de los tiempos bélicos. Aun así, su reiterada lucha en pro de la consecución de la paz en los siglos precedentes, y en aras de los derechos humanos y de ciudadanía e igualdad de las mujeres en periodos históricos más recientes, han llevado a forjar las bases del pacifismo por el que seguimos abogando en la actualidad.

Tenemos claros ejemplos en los que las mujeres han negociado, logrando alianzas de paz en terrenos sumamente hostiles, y han sabido dar la vuelta a intrincados asuntos para que su pueblo huyera de los combates y se asentara en un duradero sosiego. Puedo citar a las mujeres griegas que pararon las Guerras del Peloponeso para defender la integridad de sus hijas e hijos, y lo hicieron negándose a mantener relaciones sexuales con sus maridos, lo que les dio el resultado esperado. Asimismo, la actitud que afrontaron las mujeres sabinas (raptadas por otros pueblos, con cuyos hombres tuvieron descendencia) que ante el conflicto surgido entre sus familias de procedencia y las nuevas que habían tenido que formar, se interpusieron entre ambas partes para eludir el derramamiento de sangre —y es así como se cimentaron los cimientos del futuro poder de Roma, en este caso, viéndolo desde una perspectiva positiva: ellas unieron pueblos y etnias—; o el poder de persuasión y convicción que usaron las mujeres romanas con la madre y la esposa de Coriolano, ante el ataque que este pretendía. Ya adentrándonos en los vericuetos de la Edad Media, nos chocamos de frente con la diplomacia de algunas reinas que influenciaron a favor de los canales pacíficos en indistintas beligerancias. Al dar el salto a las aguas ondulantes de la Edad Moderna, volvemos a encontrarnos con más de lo mismo: mujeres suplicando ante el rey imperante que cesen los desastres provocados por las guerras.

En cambio, el punto culminante en el que el querer vivir en paz y la intensa lucha por el voto femenino se hará latente, se materializará entre los últimos cánones del siglo XIX y el primer tercio del siglo pasado. Estamos ante un instante en el que se aúna la fuerza de las mujeres con el sufragio femenino, y donde los avances se palpan urdiendo el hilo que nos envuelve hoy, y que zurce la premisa pacifista, igualitaria y en consonancia con el medio ambiente que nos incluye en este siglo XXI; donde las guerras, sea cual sea y se desarrolle en el lugar o espacio que se desarrolle, ya deberían estar completamente erradicadas de la faz de La Tierra. No solo las mujeres hemos sido un pilar fundamental en defensa de LOS DERECHOS HUMANOS Y LA PAZ en todas sus vertientes en la cápsula del tiempo, no solo eso, sino que hemos sido y somos las potenciales víctimas de los conflictos armados que nos han asolado y asolan; porque, lamentable y desgraciadamente, somos, en ese contexto, víctimas de crímenes de guerra de inhumana magnitud tal como las violaciones usadas como estrategia de guerra, los abusos sexuales, la prostitución y la esclavitud sexual en mujeres adultas al igual que en niñas, el embarazo forzado, la esterilización forzada… Viles hechos acaecidos en tiempos más cercanos al que habitamos, y en países como por ejemplo: ex-Yugoslavia, Congo, Sierra Leona, Ruanda, Liberia…, entre otros, en un largo etcétera por estudiar a fondo.

Hace poco más de cien años se originó la Liga Internacional de Mujeres por la Paz (WILPF), surgida a raíz del conflicto bélico de la I Guerra Mundial, donde un colectivo de mujeres lucharon conjuntamente para establecer esas directrices pacíficas, oponiéndose a la guerra y a sus causas; legado que continúa hoy. La solidaridad entre mujeres, comprometidas con la paz, en avance hacia una igualdad verídica y real, por un mundo equitativo y que se balancee en el columpio de la paridad, así como construyendo las bases de un pacifismo que alcance a todas las personas, al medio ambiente y, por ende, a un desarrollo sostenible, es algo digno por lo que bregar cada día; algo que nos da tenacidad y nos hace palpitar.

*POR RAQUEL VICTORIA

*Soy una apasionada escritora; autora de dos novelas: “Las raíces de la encina” y  la última, “La posada del pozo”.

LA POSADA DEL POZO

BIOGRAFÍA

*Aunque mi desempeño y labor primordial como escritora es, fundamentalmente, la de novelista; además, esculpo otros géneros literarios como son: la poesía; la crítica literaria, que realizo a través de mis reseñas; el ensayo, que desarrollo por medio de mis artículos de temática femenina y/o histórica, o relacionados con el medio ambiente y/o con la naturaleza…; y el relato breve.